miércoles, 15 de septiembre de 2010

LAS MANOS DE MI MADRE

Las manos blancas de mi madre humilde
eran dos alas sobre mi tristeza,
con su rumor callado en mi torpeza
solían bendecir sin una tilde.

Eran manos de santa en sus heridas,
con un temblor de gracia las hacían
las más hermosas cuando bendecían
al hijo en su dolor y sus caídas.

Manos de madre con la fortaleza
que pone Dios en este ser querido
ungiéndolo de encanto y de belleza.

De encanto suave y de belleza pura,
manos que no conocen el olvido,
hechas para el amor y la ternura.

PEDRO A. VÁSQUEZ

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